lunes, 9 de enero de 2017

Viaje al país de las manchas



Hacer un Rorschach es un viaje, no se termina igual de cómo se empezó. Examinado y administrador se embarcan en una aventura comprometida. El primero da respuestas y el segundo lo acompaña y lo sostiene, como un testigo privilegiado de su producción inédita. Ambos saben y sienten que algo importante se juega en su interacción. No importa cuántas veces se vuelva a pasar por la serie de láminas. Que el escenario sea idéntico no determina que la obra que se interprete en él también lo sea. Cada vez es distinta y cada una ofrece la oportunidad de ver otras cosas, o las mismas, pero de otra manera. Las manchas de tinta son la base, la plataforma material sobre la cual apoya anaclíticamente el trabajo psíquico, el soporte perceptivo que se presta para que, respondiendo a las condiciones de figurabilidad, pueda desplegarse la potencialidad representativa del sujeto.

Una vez recogido el material de un protocolo Rorschach, y después de analizarlo concienzudamente, el rorcharchista se encuentra en condiciones de ofrecer inferencias plausibles acerca de la actividad psíquica del examinado. Esto es factible gracias a que el Psicodiagnóstico califica como instrumento capaz de dar cuenta de la modalidad de funcionamiento del aparato psíquico, definido como un conjunto de partes, una combinación de elementos encargada de ejercer transformaciones. En el modelo teórico que Freud nos legó estos componentes son el Ello, el Yo y el Superyó: Instancias psíquicas modificables, con límites imprecisos entre sí, que pueden ser según el caso conscientes, preconscientes o inconscientes, y a las cuales nos conviene entender como procesos, es decir, pensarlas más como verbos que como sustantivos.
 
El aparato psíquico transforma: Transforma excitaciones, excitaciones intrínsecamente incitantes que deben a su carácter pulsional, la persistencia y la fuerza, la perentoriedad de su empuje constante. Siguiendo una vez más a Freud, consideraremos dos tipos de pulsiones contrapuestas:  Pulsión de vida y pulsión de muerte, estableciendo un último dualismo radical, en virtud del cual el conflicto psíquico será, como la experiencia con nuestros pacientes y con nosotros mismos lo demuestra, por siempre irresoluble. El antagonismo pulsional nos ubica inexorablemente en una zona de tensión entre dos fuerzas: Una integradora que crea nexos cada vez más numerosos y otra desintegradora que tiende a destruirlos, una que aspira a la complejización (nuevos y diferentes modos de interrelación de un número creciente de elementos) y otra que propende a la descomplejización. Ambas coexisten vinculadas por procesos de fusión y defusión que determinarán el equilibrio entre ellas o el predomino de una sobre la otra.
 
La pulsión de muerte empuja a retornar a lo inorgánico, la pulsión de vida pretende el regreso imposible a un estado mítico primordial. Una vez expulsados del narcisismo primario, tanto por la insatisfacción inherente a la alucinación como por la imposición cultural que obliga a deponerlo, iniciamos una búsqueda sin fin intentando descubrir, guion edípico mediante, una vía de acceso para satisfacer un deseo que, de todas maneras, permanecerá necesariamente insatisfecho. Intentaremos cumplirlo a pesar de todo, transitando ilusionados un camino forjado merced a la multiplicación de los objetos, el enriquecimiento de la urdimbre representacional, el aumento de los grados de discriminación, la paulatina aceptación de las diferencias y la creación de síntesis cada vez más vastas. Cada nuevo estadio será catectizado e implicará mayor nivel de ligadura, pero el mantenimiento de la complejidad requerirá por siempre de un esfuerzo constante, de un trabajo incesante de simbolización, de la infatigable integración de lógicas distintas en pos de la creación de infinitas metáforas. Este es el camino que intentamos recorrer en un análisis para llegar, no ya a una supuesta cura total idealizada, sino a la dicha de una vida vivible, hecha posible gracias al logro de mejores transacciones, de formaciones de compromiso impregnadas de Eros que acarreen más placer, más apertura, más libertad, más flexibilidad y que también impliquen menos culpa, menos sufrimiento, menos inhibiciones y menos enfrentamientos innecesarios con el ambiente, en las que Tánatos aparezca tan solo como un eco lejano.

Pero volvamos al Rorschach, ¿cómo podríamos a través de esta técnica proyectiva vislumbrar cuál es el grado de crecimiento psíquico alcanzado? Y desde la perspectiva de la psicopatología, ¿cómo detectaríamos con este “experimento” las detenciones del desarrollo, las fijaciones y las regresiones inherentes a todas las afecciones psíquicas? Una pregunta más: En tomas sucesivas, ¿cómo nos serviríamos de esta prueba para descubrir el cambio psíquico que se va produciendo a lo largo de un tratamiento psicoanalítico? Lo diremos primero sintéticamente: Forzando al psiquismo a elaborar. Y ahora trataremos de explicar esta idea. Si bien la consigna es comunicada en términos verbales, lo que el Rorschach propone con sus láminas son manchas indefinidas, “figuras accidentales” en las que colores cromáticos y acromáticos, espacios, luces, sombras y texturas se dan cita para componer Gestalten dotadas de gran dinamismo, ritmo y plasticidad. Es como si a través del misterio de eso sin forma y del enorme poder de la imagen apeláramos subrepticiamente al inconsciente hablándole en un idioma onírico y versátil, en cierto modo afín al proceso primario. El efecto que esto provoca es vivenciado a veces con terror, otras tan solo con una cierta incomodidad, y en ocasiones celebradas es recibido con entusiasmo, como una invitación bienvenida, un permiso para abrir la puerta para ir a jugar. Los contenidos movilizados tendrán necesariamente una carga importante, y el Yo, tomado por sorpresa, se encontrará, en función de la calidad de los estímulos recibidos (en los que no hay palabras, ni elementos discretos ni conocidos), debilitado simbólicamente. ¿Podrá sortear los obstáculos y rearmarse para proporcionar respuestas felices que le permitan expresarse creativamente manteniendo a la vez la adecuación a la realidad?, ¿tendrá que defenderse rígidamente al precio del empobrecimiento del sí mismo?, ¿o zozobrará ante lo traumático, no podrá contener el avance de la angustia automática, y cederá por fin a la compulsión de repetición? Entre ambos extremos, desde la autonomía y la expansión de la subjetividad óptimas hasta el acartonamiento o la debilitación y el arrasamiento, todos los grises que podamos imaginar.
 


 
 

No hay comentarios:

Publicar un comentario