jueves, 26 de enero de 2017

Ofelia Vázquez


“El Rorschach se aprende, pero cada vez que enfrentamos un protocolo lo aprendido tiene que ser movilizado como si fuera la primera vez” (Vázquez, O., 1989, p. 24)
 
Ofelia Vázquez fue una psicóloga argentina con formación psicoanalítica y filosófica que aplicó el test de Rorschach miles de veces, dedicándose con entusiasmo a investigar con él y a explorar su “interminable misterio”. A  lo largo de los años conformó y pulió un estilo propio que zigzaguea la línea del Rorschach tradicional”.

Nada escapaba a su extraordinaria capacidad de observación, ni la conducta del examinado, cuya “disponibilidad colaboradora” era vista por ella como un buen signo, ni el cuidado por el registro de las vivencias contratransferenciales del examinador, por ejemplo, a la hora de adjetivar los tipos de silencio que sobrevevenían en la prueba: agresivo, estuporoso, provocador de letargo, etc.
 
Durante la Administración propiamente dicha guardaba un “silencio cordial” que contrastaba marcadamente con la gran actividad que desplegaba en la Encuesta al buscar los elementos que creía esenciales. En esta segunda parte de la Administración preguntaba directamente lo que consideraba necesario sin temor a influir sobre el examinado, desarrollando una modalidad de trabajo coherente con su idea de que “lo importante no es comportarse académicamente sino lograr el Ro más rico posible para mejor ayudar al paciente”.
Su interés clínico la llevaba a encuestar y reencuestar, fundamentalmente para llegar a conocer las posibilidades de superación del sujeto, es decir “si persiste o mejora su manejo, si lo suaviza... o si decididamente lo mejora”.
Acostumbraba pedir respuestas para diferentes zonas de las láminas y sobre todo respuestas correspondientes a las áreas expresamente omitidas por el examinado, con la intención de desbaratar sus maniobras defensivas.
Solicitaba con paciencia y detallismo contenidos y determinantes específicos, y también producciones de mayor calidad cuando los resultados no eran satisfactorios.
Llegaba incluso a “hacer límites” sugiriendo respuestas para ver si al examinado lograba visualizarlas al ser ayudado de esta manera.

Aplicando algunas ideas tomadas de Merleau-Ponty, clasificaba a las respuestas en sincréticas (regresivas, negativas o sin forma, que surgen de una visión indiscriminada y elemental o que dan cuenta de una “realidad empobrecida... recortada a la medida de lo que se quiere ver”), amovibles (R populares) o pertenecientes al nivel virtual (R originales, positivas, que demuestran creatividad y capacidad simbólica).

Pensaba a las producciones del sujeto como respuestas a los diferentes cuestionamientos planteados por las láminas, y, a diferencias de otros autores, atribuía un sentido general a cada lámina e incluso un sentido definido a cada una de sus zonas.
En su opinión, la lámina I pregunta “¿Quién eres tú?”, poniendo en evidencia lo que el examinado “hace con toda situación nueva”, siendo el D central una posible representación del sujeto mismo; la lámina II[1] es una “lámina comprometedora... que provoca los mayores shocks, erigiéndose como la “más apta… para el diagnóstico y pronóstico del sujeto”; la lámina III permite aprehender la modalidad vincular, revelando en posición invertida “lo más profundo del modo de ser-con-el-otro”; la lámina IV se presta para proyectar al padre, la autoridad, el superyó, y revela la actitud ante la virilidad o el hombre; la lámina V muestra el modo en que se aborda la realidad; la lámina VI es aquella en donde lo corporal carnal aparece con más evidencia”, favoreciendo la asociación con sensaciones táctiles; la lámina VII alude a lo maternal y a lo femenino, siendo importante ver si se utiliza el blanco y de qué manera; la lámina VIII es la “primera que exige el manejo de los afectos” por “la conmoción ante la novedad colorida” y da pautas para ver cómo será la relación con el analista; la lámina IX retrotrae a vivencias arcaicas y primitivas; y, por último, la lámina X es la “encargada de reflotar hasta la superficie al vapuleado sujeto de prueba”, reflejando simbólicamente el D central naranja “al sujeto en medio de su mundo, su modo de sentirse entre los demás”.

Los tipos de localizaciones que utilizaba eran los usuales: G, D y d, aunque agregaba signos cualitativos a esta columna y separaba a los Espacios en blanco en Bl (grandes) y bl (pequeños). Prestaba especial atención a la manera en que el examinado combinaba simultánea o sucesivamente diferentes áreas y consignaba la “trayectoria de la respuesta para visualizarla en toda su dinámica” y así poder inferir el proceso de pensamiento implicado en su elaboración.
Sus interpretaciones del significado de las localizaciones y sus combinaciones revelaban su preocupación por descubrir aspectos de importancia práctica y clínica, por ejemplo, a la hora de “leer” el tipo aperceptivo hablaba de proyectos, conductas concretas, conflictos, defensas, deseos, logros, mandatos, capacidad de polemizar, etc.

En cuanto a los determinantes, tomaba en consideración a los siguientes: Forma; Movimientos (en el caso de los atribuidos a personas -M- o a animales -AM- agregaba el rubro Act -actitud-, por ejemplo, “con curiosidad”, “quieto”, etc., destacando su valor proyectivo; además, prestaba atención a la coherencia o discrepancia entre el contenido de los M, AM y m[2]); Color luminoso; Color acromático (asociando el negro a duelo y temor ante lo siniestro, y el gris a depresión, melancolía y deslibidinización); Blanco; Texturas (relacionándolas con la sensibilidad profunda del sujeto) y Tridimensionalidad.

Nunca perdía de vista la necesidad de considerar todos los elementos del Rorschach en su relación mutua y de vincularlos con conceptos psicoanalíticos a la hora de redactar informes.
Una de las técnicas que interpretación que usaba consistía en formular una hipótesis acerca de la personalidad del examinado en base a la primera o primeras respuestas de la lámina I para luego seguir uno de dos caminos posibles: indagar “por secuencia” todo el protocolo o seleccionar las más llamativas de las respuestas subsiguientes. Otra pasaba por “la factura de los cuadros[3] correspondientes a principales y adicionales, con la sucesiva o simultánea comparación de ambos”.

Su análisis del test le permitía no sólo explicar el presente, por ejemplo, la conducta convencional manifiesta de un examinado, sino también proyectarse en el futuro y predecir la aparición de aspectos patológicos e incluso la ocurrencia de un derrumbe psicótico, más o menos inminente.
Además, algunas respuestas le servían para anticipar lo que sería más adelante el estilo transferencial y la modalidad resistencial de un futuro paciente en tratamiento. En relación a este punto, el hecho de que el examinado tomara la enunciación de las consignas de la encuesta como un auxilio le parecía un indicador de buen pronóstico terapéutico.
Era adepta a la administración de retest, ya que pensaba que comparando Rorschachs administrados antes del comienzo y después de un cierto tiempo de tratamiento psicoanalítico era posible dar cuenta de procesos de cambio psíquico.

Creía en la utilidad del Rorschach para sugerir la presencia de dolencias físicas, y este fue un tema al que le dedicó especial interés. Basándose en su experiencia, postuló la correlación entre determinado tipo de respuestas y ciertos padecimientos específicos. Aclaraba que estas respuestas reflejan fantasías que a veces no se relacionan con enfermedades orgánicas, pero sí con conflictos orgánicos, de esterilidad, por ejemplo.
Decía: “las afecciones orgánicas no surgen de la percepción repetida de determinado órgano; la interpretación no se hace en espejo con el contenido de la respuesta. La expresión de enfermedades es siempre indirecta. A lo sumo, la reiteración en una respuesta que nombra una parte del organismo, puede expresar un temor muy consciente pero nunca real patología orgánica”.
Llegó a pensar que la sobreabundancia de gris[4] y la c pura eran indicadores de probabilidad de compromiso orgánico serio presente o futuro. Otro elemento al que consideraba indicador de enfermedad era que la última respuesta del Rorschach principal fuera una Anat.

Sus libros adquieren por momentos un tono poético, como cuando dice que las láminas del Rorschach “son como los materiales vírgenes con los que trabaja nuestra fantasía”, o cuando refiriéndose a los rorschistas escribe: “somos visitantes de un mundo aparentemente cíclico pero siempre distinto, exploradores de un país que creemos conocer, sorprendidos porque cada nueva persona descubre callejones sin salida, destellos insospechados...”.
Leerlos es hacer una excursión a un Rorschach peculiar, de la mano de una maestra apasionada.



[1] En ocasiones protocolizaba y tabulaba esta lámina como si se tratara de un pequeño Rorschach y comparaba sus valores con los del Rorschach total.
[2] Junto con las kinestesias de objeto inanimado agrupaba a las m de Cond. (condiciones), clasificando como tales a los adjetivos que el testado adjudica a lo percibido, Ej.: “hueso carcomido”.
[3] Los cuadros consisten en disponer los datos del protocolo de una manera tal que permita hacer una visión de conjunto de los datos.
[4] Acostumbraba sumar todas las respuestas “grises”: determinantes de Color acromático, de Textura y de Perspectiva (incluyendo k), cualquiera fuera su predominio formal, para obtener su porcentaje en relación con R y comparar los resultados de esta fórmula en los Rorschachs principal y adicional. Tomaba al aumento de los grises en adicional como un índice de enfermedad orgánica, y que ambos fueran similares sugería, según su criterio, enfermedad crónica. El 100% o más en principal revelaba para ella enfermedad terminal o congénita, aunque fuera no sintomática o intoxicación por drogas. Valoraba el hallazgo que había hecho del manejo de los porcentajes de grises en principal y adicional para el diagnóstico y pronóstico de enfermedades, cuya utilidad podía confirmar empíricamente, aunque reconocía la debilidad de su fundamentación teórica, postulando la necesidad de seguir investigando en este campo.
 
Referencias:
Vázquez, O., 1981, Rorschach para Rorschistas, Buenos Aires, Editorial de Belgrano.
Vázquez, O., 1989, Segunda parte de Rorschach para Rorschistas, Buenos Aires, Editorial de Belgrano.






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